sábado, 30 de noviembre de 2013

Se va.

Ya es un nuevo día, y en la mesilla de noche suena la canción favorita que tanto odia, su cara todavía está empapada, su cabello está enfadado consigo mismo y sus sábanas han intentado escaparse descaradamente, como cuando ella a veces corre por la calzada cuando un semáforo la amenaza parpadeando en verde. Y rompe la música del aire con sus dedos.
Calma de nuevo – dice mientras busca un calcetín que también intentó fugarse con sus sábanas. Ella hoy se siente enredada por dentro y un poco rebelde por fuera, pisa fuerte sobre la alfombra de su cuarto formando eco al otro lado del mundo que está bajo sus pies, ella hoy quiere enfadarse por cualquier cosa, quiere sacar la lengua, arrodillarse y volver a ser niña para aprenderlo todo por primera vez, quiere tirar sus tacones sin necesidad de sentirse pequeña, quiere sonreír en una foto y no sentirse mentirosa por no recordar cómo se hacía. Y quiere sobretodo ser querida. Tal y como quieres a un ser querido que te ha enseñado a ser mejor persona sólo con su forma de mirarte, y tal y como se quiere a un lugar, a un momento, o incluso a alguien que acabas de conocer. Y esto puede pasar una vez en la vida, puede pasarte mañana, ya pudo haberte pasado antes o puede que ni siquiera te pasen y te des cuenta de las cosas que te has perdido o de las que posiblemente en un futuro te perderás. Porque tener ganas de vivir es la mejor sensación que nadie jamás podría sentir ¿Hay alguien tan afortunado como para levantarse todos los días con ganas de comerse el mundo?
Y lo más triste es que todo esto pasa cuando la vida se encarga de enseñarte estas cosas a base del sufrimiento y de lo que más duele. Y nadie viene a decirte cómo te tienes que enfrentar a la vida y cómo tienes que actuar en cada momento, estás sólo. Eres simplemente una persona inestable y especialmente vulnerable, y con el tiempo y los años endureces tu forma de ver y hacer las cosas. Es difícil, pero ¿sabes? Es lo más bonito de haber nacido. Nunca entenderás por qué lo es hasta que comprendas que no puedes controlar tus circunstancias y que aunque sientas que no puedes seguir adelante, nunca podrás retroceder.

Puedes vivir cosas horribles, incluso cosas que sabes que no mereces vivir. Puedes gritar y decir que tienes miedo de la soledad y de ser frágil. Puedes sentirte roto, como cuando sientes que tus padres no tienen tiempo para ti, o como cuando haces un sobre esfuerzo que nunca fue reconocido. Pero lo peor es tener la mente y el corazón rotos, porque algunos dicen que después de que eso pase, es tanto el dolor, que no sientes nada. El ruido del ambiente corre por tus vellos de punta y las vibraciones te llegan a todas partes, desde la frente hasta los talones, pero apenas eres capaz de pronunciar palabra. Te sientes muerto en vida, sientes todas las emociones del mundo a la vez, la furia, la tristeza, la locura, el rencor, la incertidumbre… y tu mirada se termina perdiendo en lo más profundo de tu ser hasta que parece no estar más contigo, se pierde y se imagina soñando, porque sabe que ningún sueño por espantoso que sea no puede compararse con la realidad que estás viviendo.
Intentas escaparte, encerrarte y engañarte, arrancas  lágrimas de tu cara creyendo que si se quedan dentro, además de tener un corazón roto también tendrás un corazón ahogado. Pero te terminas dando cuenta de la triste realidad. Después sabes que no vas a volver a sentir la felicidad tal y como la conoces que cuando tuviste uso de razón, como cuando montas por primera vez sin pedales tu bici nueva o como cuando hueles desde tu cama los churros que trae tu padre para desayunar. Pues para ella eso era la felicidad, y se da cuenta de cuánto echa de menos esas cosas. Y cuando despierta de todo eso habiendo vivido tantas cosas, ese día llegó a aceptar su vida. Aceptó las condiciones, las ventajas y desventajas, aceptó reírse y llorar, aceptó no tener ganas y sacarlas de donde no las había, aceptó el querer y el olvidar, porque de eso trata la vida.
Ahora tiene más días que nadie para odiarse, para quererse, para estar enredada y querer cantar con la música alta, para dar besos sin que se los pidan, para romperse un día y arreglarse al otro, para estar loca, para decir tantas tonterías como se le ocurran, para sonreír en las fotos, para burlarse de los que se burlan, para sentirse agobiada y dar lo mejor de ella misma, incluso para amar lo que hace, amarse ella, y amar a los que le rodean. Y sí, ese día ella se levantó llorando, para qué dar rodeos, pero si pisó fuerte su alfombra no fue por pena ni por estar tan triste. Fue porque le alegraba saber que, aunque lloraba cada noche, era capaz de seguir adelante.
Marcó un comienzo entre lo real y lo inconsciente, tachó su pasado de su mente y también, podría decirse que, recogió sus escombros.


Después de tanto tiempo, de haberse despertado cada día con los ojos invadidos en recuerdos, después de haber borrado tantas palabras inservibles de su libreta en blanco y después de haberse esforzado por mantener sus andares ridículamente normales manteniendo su cabeza bien alta, después de todo eso; su tristeza, se va.

jueves, 17 de octubre de 2013

Mi talismán.

Bendito día en el que apareciste, porque desde entonces llegó a haber algo que de verdad me supo a gloria. Y benditas sean esas manos por saber teclear tu nombre, pues de no haber sido así, no habría manera alguna de llenarme el corazón de orgullo cada vez que sé de tu existencia.
Me pregunto cada día qué vida tan desdichada tendría si nunca te hubiera conocido, si nunca me hubieras robado besos entre tantas palabras, palabras que no sirven de nada en nuestro mutuo y cómodo silencio. Porque sólo nos valen miradas, y con ellas decidimos si sonreír una vez más o no, por el placer de tenernos en frente o porque en ese mismo instante nuestro día comienza a ser un poco menos amargo. ¡Y qué sería de esta vida mía que ya de por sí es desdichada! Dime, amigo mío, ¿qué sería?
Sería un pie frío sin su calcetín, sería yo misma, sin ti. Y eso me aterra. Y es que no puedo evitar quererte, ni pensarte. Y tampoco que el aire llene el vacío que me dejas cuando decides irte, o que tu olor se impregne en mi pelo durante un par de días, los dos días necesarios para volver a echarte de menos.

Y es que siempre te ausentas a la vista mientras rompes el silencio, ¡el maldito silencio! pero nunca has logrado irte sin dejar rastro alguno, los rastros que se quedan, a veces en mi ropa, a veces en mis labios, y raras veces en un puño cerrado mío. Son rastros que desaparecen porque no tienes la intención de prestármelos más tiempo, quizás sea porque para ti los rastros que de verdad importan están en otra parte. Están donde los pensamientos le dejan hueco, esos rastros que pueden hacernos sentir rabia, lujuria, o que de verdad llevamos calcetines, los recuerdos. Sus múltiples maneras de hacer que cambie nuestro estado de ánimo, de hacer que cambiemos la risa por el llanto y el llanto por la risa. ¿Quién inventó los recuerdos?¿Eso se inventa o se imagina? Y si se imagina, qué bonito rastro entonces, pues podrán robarme todos los besos del mundo y hacer un poema con ellos, pero ¿sabes? Nadie podrá quitarme nunca los mejores momentos de mi vida, mis recuerdos, contigo.
Memories never die

jueves, 10 de octubre de 2013

Tus mañanas dormidas.

Te despiertas después de haber soñado otra vez más con ella, y suspiras, te levantas y sales por la puerta pensando: “Otro día más”.
Y poco a poco aparece la sonrisa leve y dormilona que deseas enseñarle cada día. Tu sonrisa te acompaña por y para ella. A veces te quedas parado pensando verla y preguntándote donde estará, y si estará bien. Estás tú y tu pelo, ¡a cuál de los dos más enamorado de las comisuras de sus labios! Tu pelo hace el esfuerzo de tocarla cuando presiente que se acerca, pero en el fondo eres tu quien la echa más de menos, y desearías rozarla con uno de tus dedos.
-          ¿Pero qué haces ahí parado? – te preguntas  ¡Si tus mañanas están dormidas! ¿Qué haces recordando unos labios incapaces de disimular una comisura? Sabes tanto sobre esos labios que te da vergüenza mirarlos. Podrías morderlos, pero no tienes ni idea de cómo morder unos labios fríos. ¿Cómo? ¿Cómo es eso? ¿Acaso ella se quema por dentro y se derrite por fuera? No entiendes su interior, y tampoco lo de fuera. Digamos que morderías unos labios fríos y tocarías un corazón ardiente. Tus mañanas tienen miedo de despertarse y morderla, tienen miedo porque su olor puede recordarte a tu infancia, tienen miedo de encontrarla y no saber como dejarla ir. Y la morderías, sabes que la morderías, pero no sabes que ella a ti ya te ha mordido antes, con su  mano y en tu cuello. Porque prefería clavarte uñas a clavarte dientes. Te regaló la sonrisa que había guardado durante todos aquellos días, porque por la mañana se despertó después de haber soñado contigo y pensó: “Otro día más”. En realidad es ella quien se sumerge en su niñez cada vez que te huele y te recuerda, y tiene miedo de perderse en tus ojos mientras la miras, y que después no sepa el camino de vuelta. Ella tiene miedo de morderte la sonrisa y que tu flequillo rabie de celos. En realidad, tiene miedo de encontrarte, y sobretodo de perderte.

sábado, 7 de septiembre de 2013

Ella.

La historia relata que ella era de paso firme y ruidosa ausencia. Que tenía una melena larga y delicada, unas piernas infinitas, una tez suave y un corazón frío, si es que en ella había algún corazón. Que no dormía por las noches por miedo a que las paredes se la tragaran, y que por eso era común verla a altas horas caminando por las calles oscuras de su ciudad, por las calles que la acogían como si quisieran bailar con ella en su continuo tambaleo mientras caminaba. Y la ciudad la guiaba, y se escondía del día porque la noche entendía sus miedos. Y cada vez que salía a exponerse bajo un cielo oscuro la vida le ofrecía una oportunidad de huir del miedo en forma humana.
La primera vez que la vida se compadeció de ella le trajo una forma humana convertida en un hombre medioinglés mediohipócrita, el más pasional que había visto, intrépido y avaricioso. Él  se enamoró de su indiferencia y le ofreció un penique por un beso. Y ella le besó y rechazó el penique, cerró con fuerza la puerta que les separaba porque no quería una oportunidad hipócrita, y se fue.
También se encontró con muchas más oportunidades que la vida quería darle, de entre ellas el más silencioso y pudoroso. Un hombrecito cuyo rostro angelical no dejaba ver muy a menudo. Él se enamoró de todo menos de su belleza y la convirtió en la droga que tanto había buscado. Tenía muchos sueños para ella, pero ella no quería sueños. Se desvaneció como cuando él se desvanecía a veces, y se fue.
Al cabo del tiempo encontró, ¡encontró! Al humilde servidor de oídos que más tarde sería su talismán. Nunca supo de dónde venía y cómo conseguía una lágrima suya sin habérsela pedido, sólo sabía que se guardaría ese talismán como si no existieran cosas que guardarse. Él se terminó enamorando de su piel y le ofreció compartir la luna. Pero para ella la luna era inalcanzable, y se fue.
Tan perdida como siempre y sin versos a los que ponerle nombre, se cruzó con el apuesto de los besos, la sonrisa andante que la consiguió cautivar como nadie sin mencionar palabra alguna. Él se enamoró de su sencillez, de su dulzura y de su cuello. Le ofreció sus besos, y ella llegó a probar sus besos como si llevara toda la vida sedienta. Pero ella no necesitaba los besos de nadie, y se fue.
Por último se encontró con un muchacho que vivía en sus alturas, desgarbado, temeroso, de cabellos rojizos y con un corazón enorme. Ella ya había visto el cariño muchas veces y sabía lo que era, y este temeroso estaba hecho de todo ese cariño que ella nunca se atrevió a dar a ninguno. Él…  digamos que ya nació enamorado. Y cuando la vio por primera vez no se atrevió a apartar sus ojos, y tampoco el brillo que había en ellos. Se enamoró de la esencia que la envolvía, de su desparpajo y de su absurdez. Le ofreció todo ese cariño del que él estaba hecho, pero ella una vez más, no quería eso.
Hasta que la noche menos pensada, apareció. Apareció un príncipe con una corbata llena de chistes malos. Él nunca se enamoró de ella, pero le ofreció una vida, y sin saber por qué, ella se enamoró de él. Se enamoró de sus latidos, de sus labios, de su ropa, de su pelo empapado, de su risa, de sus abrazos. Se enamoró de todo lo que una persona se puede enamorar de otra. Pero acostumbrada a irse siempre y con otro peso más sobre sus lánguidos hombros decidió dejarle ir, por miedo a no poder disfrutar de la libertad de la que siempre hablaba. Y muy a su pesar le pidió furiosa y enérgicamente que la olvidara.
¡Entonces se acordó de todos esos sueños, de todos los peniques, de los besos, de las lunas, del cariño! Y se horrorizó al darse cuenta de lo que había hecho, se vio absolutamente perdida entre sus calles e intentó huir para dejar atrás todas esas ofertas que había rechazado. Creía haber ganado libertad y lo único que había conseguido era perder su corazón, y la eterna esclavitud de una conciencia molesta. Las calles, que ya la conocían y la echaban de menos, comenzaron a hablar de ella y de sus tambaleos. Y sus gentes se interesaron en conocerla, la buscaron desesperadamente, seguían su rastro con la esperanza de ofrecerle algo mejor que el anterior, con la esperanza de que aceptara. Ella no quería dinero, ni joyas, ni vidas, ni lunas, ni peniques, ni besos… en realidad ella no sabía lo que quería. Y se perdió a sí misma buscándose. Se hallaba borracha en reflexiones, sin corazón frío ni bailes ni absurdeces. Ella pagó el precio más alto que se puede pagar por destrozar tantos sueños y lunas y por jugar con tantos besos vacíos. Se encerró en su mansión preguntándose cómo había conseguido romperse a sí misma.



Me pregunto cómo hará la de piernas infinitas para romper tantos corazones como tiene de costumbre, cómo es que la encontraron y cómo es que se enamoran de su perfume, de sus carcajadas o de sus pestañas. Cómo se consigue ser la droga de alguien o cómo ese alguien se puede enamorar de una mujer absurda. Quizás nadie le contó el secreto, o quizás nunca buscó la respuesta por el propio egoísmo que la sostiene. Quizás la libertad que seguía era su pasado, lo que tanto añoraba, sin perfumes ni melenas. Quizás su miedo no era a sus cuatro paredes, sino a que un día no pudiera seguir rechazando. O quizás después no se encerró para huir de sus calles, sino de su vida.

lunes, 29 de julio de 2013

La tristeza perdida.

Recoger lágrimas buscando la tristeza perdida. La tristeza que se perdió cuando nos encontramos. Cuando nos echábamos de menos y planeamos la fuga, esa que nunca nos llevó a ninguna parte fuera de aquí, ni fuera de la prisión que ejercían los lugares donde nos necesitábamos.
Y andar con los ojos cegados, andando por fe, por fe en nosotros. Confiar en el corazón, confiar en las emociones. Fotografiar cada instante para grabarlo en nuestra mente, estudiándonos el cuento mientras lo escribíamos. Y perdernos. Perdernos en el camino de la supuesta liberación emocional. Y ver cómo pasa el tiempo y darnos cuenta de la inmensa espera. Y odiarnos. Odiarnos por inventar historias que nunca van a cumplirse. Odiarnos por creer que el tiempo se portaría bien con nosotros. Queriendo sentirnos como en casa aun estando en ella.
Queriendo vivir encadenados a nuestra mitad, estando seguros de que nada malo podría pasarnos. Queriendo volver a simular abrazos con las sábanas. Intentamos lo necesario y también lo innecesario, hicimos que el día a día cobrara sentido en nuestras separadas vidas. Hicimos de todo hasta nuestro límite, hasta el desgaste de todas las penas. La avaricia nos trajo aquí, la avaricia por tenernos y por secuestrarnos. La avaricia por necesitar la tristeza perdida, esa que se perdió cuando nos encontramos, la que aparece al echar de menos. Queríamos hacer volver a la tristeza, por el simple hecho de no poder soportar lo contrario, por el simple hecho de viajar de vuelta al pasado y por el simple hecho de no querer morir en el intento mientras nos desesperamos por revivir aquellos días.

Preferíamos vivir echándonos de menos, preferíamos recoger lágrimas por la tristeza perdida, antes que recoger lágrimas por la impotencia, por la constancia inútil, por la impaciencia, por los lloros sin control, por los celos, por las promesas o los rencores, por el odio incomprensible y por el tiempo, todo ese tiempo que nos dedicamos.
Elegimos regalarnos tiempo, como el que hace un regalo de mucho valor sin tener en cuenta el precio. Elegimos olvidarnos y echarnos de menos, antes que perder la tristeza y también perdernos a nosotros mismos, antes que perder la cabeza.
Nadie sabe si la tristeza querrá irse sin que se lo pidamos, o si seguiremos protegiéndola para que se quede. El continuo sacrificio para no perdernos, y tampoco la cabeza.
Seguiremos recreándonos mientras usamos el tiempo regalado, recreándonos el uno al otro para intentar creer que seguimos ahí, que no nos hemos ido.


domingo, 21 de julio de 2013

Las cosas que no pensaste.

Desde aquí me atrevo a hablarte, a escribir sobre todo aquello que nos tuvo tan atados el uno en el otro, escribir sobre todo aquello que reavivó la fe en las cosas imposibles, que sacó de nosotros la paciencia, la constancia, y las ganas de seguir vivos. Por eso agradeceré siempre a la casualidad que nos puso en el mismo camino el que seas tú, y no otro. Y maldeciré al tiempo por no haber hecho que nos encontráramos antes. A ti, que has sabido estar a mi lado aún en la distancia, el único que sabía cómo hacer que me callara sin necesidad de pronunciar palabra. Que no necesitabas un manual para entenderme, y cuando no me entendías... me apoyabas igualmente. Que has sabido quererme y valorar todo eso que hicimos nuestro, los instantes, los gestos, las sonrisas dulces, los buenos días y los malos. Que dábamos el cielo y la luna para comprar tiempo, hicimos lo necesario para no morirnos por dentro. Vacíos, como unos niños sin su juguete. Como un vagabundo sin su puente. Así quedábamos al girarnos y obligar a nuestros pies a caminar en direcciones opuestas. Aquello que se fue y no volverá. Y éstas son las cosas que nunca pensaste. Y éstos fueron los ojos con los que observaba cómo crecía el pequeño relato que protagonizamos. Un relato fugaz y a medio terminar. Grabamos poco a poco la historia en nuestra piel, cada momento, cada risa, cada silencio. Estuvimos satisfechos con muy poco, demasiado poco. Nuestro pequeño desastre. Y aún recuerdo el instante en que sentí, sentí tanto que debía disimular mi alegría, prohibirme cantar en voz alta y sonreír cuando no había motivo para hacerlo. Me devolviste a la vida, me transformaste, hiciste que te quisiera tal y como eras. Con la transparencia que te caracteriza, con todos los pros y los contras, con toda tu esencia, toda tu presencia. Y estoy segura de que siempre serás mejor que cualquier amigo perfecto que tengas, que pocas personas tendrán la suerte de cruzarse contigo, y esas serán las afortunadas. Que ninguna existencia humana sobre la tierra podrá hacer conmigo tanto y tantísimo, porque me has regalado sentimientos, actitudes, me has hecho mejor persona, mejor todo. No puedo compararte, no hay comparación que valga. Los días siempre se hacían ligeros, pero maldecía la noche por no saber tratarnos, por no saber hacernos justicia, por recordarnos lo lejos que estábamos cada vez que volvía. Y te convertiste en mi vida, y la mía ya perdió su valor. Y entonces te perdí, y quedó de mí lo poco que valía, y el gran rastro que dejaste. Tus recuerdos, tus abrazos interminables, tu tímida mirada que evitaba cruzarse con la mía. Y por supuesto, tu olor, olor a nada, olor a todo. Mientras el olor persistiera, tú persistirías, siempre te ibas al día siguiente, siempre cuando yo no estaba atenta y decidía retirarme el pelo, o simplemente cambiar de ropa. Y cuando te perdí, lo eché de menos, te eché de menos. Entonces me di cuenta de lo que había encontrado, y no fui capaz de creerlo. Y me odié por dejarte ir, y me odié por mentirte, me odié porque me creiste. Me odié porque me maté a mi misma, y te llevaste la mejor parte de mí, contigo.  Y así fue como me quedé dormida, así fue como apareciste en mis sueños y me cambiaste la vida.

viernes, 26 de abril de 2013

La vida sin mí sería más fácil.

No sé dónde estaré dentro de un par de años, ni siquiera sé dónde estaré dentro de media hora, las horas pasan tan rápido que es difícil prever si algún día decidiré hacer planes, tomar decisiones o actuar cuando se exige algo de mí. Se está bien con los pensamientos aparte, pero el problema llega cuando no eres tú el que decide cuándo pensar, sino que viene alguien y te lo pide sin darte explicaciones, sin avisar y sin haber firmado en ninguna parte, como si hubiera decidido participar en tu vida sin importarle lo que pienses, o como si quisiera cambiarte y hacerte ver las cosas de otra manera, como si te conociera y supiera que es lo que necesitas y lo que te viene bien.

Ahora todo se me hace tan cuesta arriba... no me obligues a esforzarme por darte algo que no tengo, fuerzas, porque odio cuando me pides algo de lo que estoy vacía, cuando me exiges cosas de las que no soy consciente y pierdo el ritmo de todo, me convierto en algo que saca lo peor de mí.

No soy víctima de nadie ni de nada, sólo soy víctima de mí misma, y me odio por pedirme cosas que no soy capaz de afrontar. En el fondo reconocí hace tiempo mi valía, o al menos la poca que tenía... pero poco a poco voy perdiendo el pequeño entusiasmo que sacaba lo mejor de mí y hacía que todo fuera fácil. Por eso digo que no sé dónde estaré dentro de un tiempo, porque me he convertido en una persona tan ignorante, que la parte donde están las cosas buenas se las ha comido  alguien. Porque estoy tan perdida que mi mejor opción es seguir perdiéndome hasta que encuentre otro camino que al menos se le parezca. Y porque mi vida ha cambiado tanto, que me doy cuenta de lo feliz que era cuando lo negaba. Y era capaz de negarlo.

jueves, 11 de abril de 2013

Se olvida.

A veces te derrumbas, te desesperas y quieres darte por vencido, te ves entre la espada y la pared o entre el techo y las cama, entre las sabanas, entre los problemas y las personas dandote opiniones distintas, entre todo ese ruidoso silencio de tu cabeza que no deja que puedas dormir... pero aún así, yo siempre he dicho que aunque se necesite estar derrumbado por un tiempo, la mejor manera de hacerle frente a todo es seguir luchando, y no rendirse nunca. No se puede estar tanto tiempo en la oscuridad de los pensamientos, de las dudas, que si las hay.. ya se irán, que si molestan... al menos te hace compañía algún sentimiento inútil que no sea irte de este mundo.
Los sentimientos siempre vienen y van, a veces nos incordian o nos abandonan, a veces nos benefician y otras nos hunden, a veces los odiamos y a veces los necesitamos. Pero siempre hay opción de seguir adelante, por muy estrecho que sea el camino o por muy alto que esté el borde.
Da por hecho que va a haber baches, desvíos, cruces, rotondas, señales clavadas en la cuneta que no siempre tomarás en cuenta, de todo menos un camino ancho y recto.
Pero siempre se halla la manera, el tiempo no lo cura todo, pero te enseña a vivir con el dolor hasta que dejas de notarlo, hasta que llega otra cosa de la que tienes que ocuparte y centrar tu atención, o hasta que simplemente se olvida ♥

martes, 19 de marzo de 2013

Niñata.

Me he esmerado en creerme la madurez que tengo, en confiar en mi misma y decirte que sin hacer nada todo va a salir bien, en juzgar sin esperar insulto, en hablar sin esperar compromiso, en callarme sin sentido y esperar que de ahí se satisfaga una pregunta bien hecha, en mentir y mentir y mentir... y creer que no pasa nada.
Mi madurez no está conmigo, parezco otra persona hecha de los restos absurdos que quedaron de mi. Y yo tan tranquila diciendo: - "Esto se arreglará sin hacer nada".           Niñata.

martes, 12 de marzo de 2013

La inspiración que me dabas



martes, 5 de marzo de 2013

L

Que venga, te haga reír, y se vaya. Y comience ese vacío intenso que hace que te dé igual el diluvio que esté cayendo y lo desordenada que esté la habitación. Que después de todo sabes que si no vuelve, tampoco volverá esa sonrisa tonta. Que no peguéis en nada, que se ría de ti, te lleve la contraria y se invente insultos patéticos... y si te dice lo preciosa que eres eso resta todo lo anterior, porque lo que importa es la frecuencia con la que vas a recordar a esa odiosa y adorable persona humana que hace que te olvides de todo, con quien puedes ser tu y dejar de preocuparte por la ropa que llevas y lo maquillada que estés, que sabes que él te quiere por lo bonita que eres por dentro.

Ser maduros, tener conversaciones serias y equilibradas, aburridas, monótonas, y que no te importe, es él.
Ser niños, compartir miedos, llantos, alegrías, dudar, rectificar, que aparezcan tonterías de la nada, tener la seguridad de que si es con esa persona, da igual las veces que llores y rías, es él.

Que te dé los buenos días, se despida recordándote que ya te está echando de menos, te sonría sin motivo, te abrace lentamente y susurre: Eres mía.
Ese día no importará el pie con el que te hayas levantado, tu coleta despeinada, tus calcetines con agujeros, tus manos congeladas o el brillo intenso de tus ojos, que si hay alguien que te está queriendo, es él.

lunes, 25 de febrero de 2013

Excusas

¿Alguna vez has sentido cómo tu mundo se venía abajo y no has sabido hacer nada? Cuando entiendes tu desesperación por salir de una situación y sabes que necesitas ayuda y no la pides, te sientes tan sucia... Cuando ves a todos mirándote como si necesitaran una explicación, como si te advirtieran con la mirada de algo de lo que ni siquiera tienen idea. Como si todo tu mundo estuviera vigilado y tú fueras la persona a la que vigilan, a la que señalan y corrigen fallos, como si eso fuera lo único en lo que consistiera su trabajo.
Me río de ellos y no me importa, los esquivo, les hago burlas, me creo que son tontos, pero en realidad sé que no lo son.



Aún sigo preguntándome cómo he llegado aquí, cómo he sido capaz de acabar contándole mis problemas a una pantalla que no sabe entenderme, eso es lo que me apena de mí misma, que llevo toda una vida diciendo las tremendas ganas que tengo de algún día llegar a ser feliz, cuando soy la primera que busca excusas para no serlo. Alguien me dijo una vez: "Quien se excusa se acusa", esa frase tan corta no sé cómo puede marcarme tanto, en cierto modo sé que estoy haciendo las cosas mal, y a mi otro yo le da igual.