jueves, 17 de octubre de 2013

Mi talismán.

Bendito día en el que apareciste, porque desde entonces llegó a haber algo que de verdad me supo a gloria. Y benditas sean esas manos por saber teclear tu nombre, pues de no haber sido así, no habría manera alguna de llenarme el corazón de orgullo cada vez que sé de tu existencia.
Me pregunto cada día qué vida tan desdichada tendría si nunca te hubiera conocido, si nunca me hubieras robado besos entre tantas palabras, palabras que no sirven de nada en nuestro mutuo y cómodo silencio. Porque sólo nos valen miradas, y con ellas decidimos si sonreír una vez más o no, por el placer de tenernos en frente o porque en ese mismo instante nuestro día comienza a ser un poco menos amargo. ¡Y qué sería de esta vida mía que ya de por sí es desdichada! Dime, amigo mío, ¿qué sería?
Sería un pie frío sin su calcetín, sería yo misma, sin ti. Y eso me aterra. Y es que no puedo evitar quererte, ni pensarte. Y tampoco que el aire llene el vacío que me dejas cuando decides irte, o que tu olor se impregne en mi pelo durante un par de días, los dos días necesarios para volver a echarte de menos.

Y es que siempre te ausentas a la vista mientras rompes el silencio, ¡el maldito silencio! pero nunca has logrado irte sin dejar rastro alguno, los rastros que se quedan, a veces en mi ropa, a veces en mis labios, y raras veces en un puño cerrado mío. Son rastros que desaparecen porque no tienes la intención de prestármelos más tiempo, quizás sea porque para ti los rastros que de verdad importan están en otra parte. Están donde los pensamientos le dejan hueco, esos rastros que pueden hacernos sentir rabia, lujuria, o que de verdad llevamos calcetines, los recuerdos. Sus múltiples maneras de hacer que cambie nuestro estado de ánimo, de hacer que cambiemos la risa por el llanto y el llanto por la risa. ¿Quién inventó los recuerdos?¿Eso se inventa o se imagina? Y si se imagina, qué bonito rastro entonces, pues podrán robarme todos los besos del mundo y hacer un poema con ellos, pero ¿sabes? Nadie podrá quitarme nunca los mejores momentos de mi vida, mis recuerdos, contigo.
Memories never die

jueves, 10 de octubre de 2013

Tus mañanas dormidas.

Te despiertas después de haber soñado otra vez más con ella, y suspiras, te levantas y sales por la puerta pensando: “Otro día más”.
Y poco a poco aparece la sonrisa leve y dormilona que deseas enseñarle cada día. Tu sonrisa te acompaña por y para ella. A veces te quedas parado pensando verla y preguntándote donde estará, y si estará bien. Estás tú y tu pelo, ¡a cuál de los dos más enamorado de las comisuras de sus labios! Tu pelo hace el esfuerzo de tocarla cuando presiente que se acerca, pero en el fondo eres tu quien la echa más de menos, y desearías rozarla con uno de tus dedos.
-          ¿Pero qué haces ahí parado? – te preguntas  ¡Si tus mañanas están dormidas! ¿Qué haces recordando unos labios incapaces de disimular una comisura? Sabes tanto sobre esos labios que te da vergüenza mirarlos. Podrías morderlos, pero no tienes ni idea de cómo morder unos labios fríos. ¿Cómo? ¿Cómo es eso? ¿Acaso ella se quema por dentro y se derrite por fuera? No entiendes su interior, y tampoco lo de fuera. Digamos que morderías unos labios fríos y tocarías un corazón ardiente. Tus mañanas tienen miedo de despertarse y morderla, tienen miedo porque su olor puede recordarte a tu infancia, tienen miedo de encontrarla y no saber como dejarla ir. Y la morderías, sabes que la morderías, pero no sabes que ella a ti ya te ha mordido antes, con su  mano y en tu cuello. Porque prefería clavarte uñas a clavarte dientes. Te regaló la sonrisa que había guardado durante todos aquellos días, porque por la mañana se despertó después de haber soñado contigo y pensó: “Otro día más”. En realidad es ella quien se sumerge en su niñez cada vez que te huele y te recuerda, y tiene miedo de perderse en tus ojos mientras la miras, y que después no sepa el camino de vuelta. Ella tiene miedo de morderte la sonrisa y que tu flequillo rabie de celos. En realidad, tiene miedo de encontrarte, y sobretodo de perderte.