sábado, 7 de septiembre de 2013

Ella.

La historia relata que ella era de paso firme y ruidosa ausencia. Que tenía una melena larga y delicada, unas piernas infinitas, una tez suave y un corazón frío, si es que en ella había algún corazón. Que no dormía por las noches por miedo a que las paredes se la tragaran, y que por eso era común verla a altas horas caminando por las calles oscuras de su ciudad, por las calles que la acogían como si quisieran bailar con ella en su continuo tambaleo mientras caminaba. Y la ciudad la guiaba, y se escondía del día porque la noche entendía sus miedos. Y cada vez que salía a exponerse bajo un cielo oscuro la vida le ofrecía una oportunidad de huir del miedo en forma humana.
La primera vez que la vida se compadeció de ella le trajo una forma humana convertida en un hombre medioinglés mediohipócrita, el más pasional que había visto, intrépido y avaricioso. Él  se enamoró de su indiferencia y le ofreció un penique por un beso. Y ella le besó y rechazó el penique, cerró con fuerza la puerta que les separaba porque no quería una oportunidad hipócrita, y se fue.
También se encontró con muchas más oportunidades que la vida quería darle, de entre ellas el más silencioso y pudoroso. Un hombrecito cuyo rostro angelical no dejaba ver muy a menudo. Él se enamoró de todo menos de su belleza y la convirtió en la droga que tanto había buscado. Tenía muchos sueños para ella, pero ella no quería sueños. Se desvaneció como cuando él se desvanecía a veces, y se fue.
Al cabo del tiempo encontró, ¡encontró! Al humilde servidor de oídos que más tarde sería su talismán. Nunca supo de dónde venía y cómo conseguía una lágrima suya sin habérsela pedido, sólo sabía que se guardaría ese talismán como si no existieran cosas que guardarse. Él se terminó enamorando de su piel y le ofreció compartir la luna. Pero para ella la luna era inalcanzable, y se fue.
Tan perdida como siempre y sin versos a los que ponerle nombre, se cruzó con el apuesto de los besos, la sonrisa andante que la consiguió cautivar como nadie sin mencionar palabra alguna. Él se enamoró de su sencillez, de su dulzura y de su cuello. Le ofreció sus besos, y ella llegó a probar sus besos como si llevara toda la vida sedienta. Pero ella no necesitaba los besos de nadie, y se fue.
Por último se encontró con un muchacho que vivía en sus alturas, desgarbado, temeroso, de cabellos rojizos y con un corazón enorme. Ella ya había visto el cariño muchas veces y sabía lo que era, y este temeroso estaba hecho de todo ese cariño que ella nunca se atrevió a dar a ninguno. Él…  digamos que ya nació enamorado. Y cuando la vio por primera vez no se atrevió a apartar sus ojos, y tampoco el brillo que había en ellos. Se enamoró de la esencia que la envolvía, de su desparpajo y de su absurdez. Le ofreció todo ese cariño del que él estaba hecho, pero ella una vez más, no quería eso.
Hasta que la noche menos pensada, apareció. Apareció un príncipe con una corbata llena de chistes malos. Él nunca se enamoró de ella, pero le ofreció una vida, y sin saber por qué, ella se enamoró de él. Se enamoró de sus latidos, de sus labios, de su ropa, de su pelo empapado, de su risa, de sus abrazos. Se enamoró de todo lo que una persona se puede enamorar de otra. Pero acostumbrada a irse siempre y con otro peso más sobre sus lánguidos hombros decidió dejarle ir, por miedo a no poder disfrutar de la libertad de la que siempre hablaba. Y muy a su pesar le pidió furiosa y enérgicamente que la olvidara.
¡Entonces se acordó de todos esos sueños, de todos los peniques, de los besos, de las lunas, del cariño! Y se horrorizó al darse cuenta de lo que había hecho, se vio absolutamente perdida entre sus calles e intentó huir para dejar atrás todas esas ofertas que había rechazado. Creía haber ganado libertad y lo único que había conseguido era perder su corazón, y la eterna esclavitud de una conciencia molesta. Las calles, que ya la conocían y la echaban de menos, comenzaron a hablar de ella y de sus tambaleos. Y sus gentes se interesaron en conocerla, la buscaron desesperadamente, seguían su rastro con la esperanza de ofrecerle algo mejor que el anterior, con la esperanza de que aceptara. Ella no quería dinero, ni joyas, ni vidas, ni lunas, ni peniques, ni besos… en realidad ella no sabía lo que quería. Y se perdió a sí misma buscándose. Se hallaba borracha en reflexiones, sin corazón frío ni bailes ni absurdeces. Ella pagó el precio más alto que se puede pagar por destrozar tantos sueños y lunas y por jugar con tantos besos vacíos. Se encerró en su mansión preguntándose cómo había conseguido romperse a sí misma.



Me pregunto cómo hará la de piernas infinitas para romper tantos corazones como tiene de costumbre, cómo es que la encontraron y cómo es que se enamoran de su perfume, de sus carcajadas o de sus pestañas. Cómo se consigue ser la droga de alguien o cómo ese alguien se puede enamorar de una mujer absurda. Quizás nadie le contó el secreto, o quizás nunca buscó la respuesta por el propio egoísmo que la sostiene. Quizás la libertad que seguía era su pasado, lo que tanto añoraba, sin perfumes ni melenas. Quizás su miedo no era a sus cuatro paredes, sino a que un día no pudiera seguir rechazando. O quizás después no se encerró para huir de sus calles, sino de su vida.

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