lunes, 29 de julio de 2013

La tristeza perdida.

Recoger lágrimas buscando la tristeza perdida. La tristeza que se perdió cuando nos encontramos. Cuando nos echábamos de menos y planeamos la fuga, esa que nunca nos llevó a ninguna parte fuera de aquí, ni fuera de la prisión que ejercían los lugares donde nos necesitábamos.
Y andar con los ojos cegados, andando por fe, por fe en nosotros. Confiar en el corazón, confiar en las emociones. Fotografiar cada instante para grabarlo en nuestra mente, estudiándonos el cuento mientras lo escribíamos. Y perdernos. Perdernos en el camino de la supuesta liberación emocional. Y ver cómo pasa el tiempo y darnos cuenta de la inmensa espera. Y odiarnos. Odiarnos por inventar historias que nunca van a cumplirse. Odiarnos por creer que el tiempo se portaría bien con nosotros. Queriendo sentirnos como en casa aun estando en ella.
Queriendo vivir encadenados a nuestra mitad, estando seguros de que nada malo podría pasarnos. Queriendo volver a simular abrazos con las sábanas. Intentamos lo necesario y también lo innecesario, hicimos que el día a día cobrara sentido en nuestras separadas vidas. Hicimos de todo hasta nuestro límite, hasta el desgaste de todas las penas. La avaricia nos trajo aquí, la avaricia por tenernos y por secuestrarnos. La avaricia por necesitar la tristeza perdida, esa que se perdió cuando nos encontramos, la que aparece al echar de menos. Queríamos hacer volver a la tristeza, por el simple hecho de no poder soportar lo contrario, por el simple hecho de viajar de vuelta al pasado y por el simple hecho de no querer morir en el intento mientras nos desesperamos por revivir aquellos días.

Preferíamos vivir echándonos de menos, preferíamos recoger lágrimas por la tristeza perdida, antes que recoger lágrimas por la impotencia, por la constancia inútil, por la impaciencia, por los lloros sin control, por los celos, por las promesas o los rencores, por el odio incomprensible y por el tiempo, todo ese tiempo que nos dedicamos.
Elegimos regalarnos tiempo, como el que hace un regalo de mucho valor sin tener en cuenta el precio. Elegimos olvidarnos y echarnos de menos, antes que perder la tristeza y también perdernos a nosotros mismos, antes que perder la cabeza.
Nadie sabe si la tristeza querrá irse sin que se lo pidamos, o si seguiremos protegiéndola para que se quede. El continuo sacrificio para no perdernos, y tampoco la cabeza.
Seguiremos recreándonos mientras usamos el tiempo regalado, recreándonos el uno al otro para intentar creer que seguimos ahí, que no nos hemos ido.


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