martes, 5 de marzo de 2013

L

Que venga, te haga reír, y se vaya. Y comience ese vacío intenso que hace que te dé igual el diluvio que esté cayendo y lo desordenada que esté la habitación. Que después de todo sabes que si no vuelve, tampoco volverá esa sonrisa tonta. Que no peguéis en nada, que se ría de ti, te lleve la contraria y se invente insultos patéticos... y si te dice lo preciosa que eres eso resta todo lo anterior, porque lo que importa es la frecuencia con la que vas a recordar a esa odiosa y adorable persona humana que hace que te olvides de todo, con quien puedes ser tu y dejar de preocuparte por la ropa que llevas y lo maquillada que estés, que sabes que él te quiere por lo bonita que eres por dentro.

Ser maduros, tener conversaciones serias y equilibradas, aburridas, monótonas, y que no te importe, es él.
Ser niños, compartir miedos, llantos, alegrías, dudar, rectificar, que aparezcan tonterías de la nada, tener la seguridad de que si es con esa persona, da igual las veces que llores y rías, es él.

Que te dé los buenos días, se despida recordándote que ya te está echando de menos, te sonría sin motivo, te abrace lentamente y susurre: Eres mía.
Ese día no importará el pie con el que te hayas levantado, tu coleta despeinada, tus calcetines con agujeros, tus manos congeladas o el brillo intenso de tus ojos, que si hay alguien que te está queriendo, es él.

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